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El endeudamiento argentino, el experimento político y el idilio social

La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, y el ministro de Economía de Argentina, Martin Guzmán. (Reuters)
La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, y el ministro de Economía de Argentina, Martin Guzmán. (Reuters) (Remo Casilli/)

En diciembre de 2015, las autoridades entrantes consideraron prioritario combatir la inflación. Afirmaban que, logrando esa meta, “automáticamente” mermaría la volatilidad de las tasas de interés y se descomprimirían las tensiones cambiarias. Poco a poco se corregirían las brechas macroeconómicas (los déficits fiscal y externo), fortalecería la confianza y, con el pertinente espaldarazo de la comunidad financiera internacional (vía mejoras en las calificaciones de los perfiles de deuda), se ingresaría a la aldea global tanto en el plano financiero como en el real. Configurando ese supuesto esquema productivo, mancomunado y “automático”, derivado de una cultura basada en decisiones voluntarias, mejorarían la actividad productiva y el empleo.

Se sostenía, además, que sin “los abusivos” controles estatales, el sector privado manejaría responsablemente la economía. La impronta empresaria profundizaría la eficiencia productiva (minimizaría costos) e impulsaría ganancias microeconómicas que, “automáticamente”, se trasladarían a la macroeconomía. Prevalecerían ordenamientos dinámicos e innovadores, emergerían inversiones en bienes de capital, se generarían puestos de trabajo y, finalmente, se estabilizarían las finanzas familiares. Siguiendo esa lógica “ideal y automática”, habría mejoras estructurales porque “la creciente especialización y división del trabajo en la sociedad es la fuente básica de la evolución institucional (North, 1986)”. Trabajando día y noche, el mercado sería el artífice de toda esa gesta: coordinaría el heterogéneo ámbito productivo desde Ushuaia a La Quiaca.

Nada de eso ocurrió. Las empresas que lo lograron, sólo se mantuvieron “a flote” (especialmente las PyMEs). En el contexto de un panorama de cuasi permanente estanflación (inflación con recesión), los constantes aumentos de las tarifas, impuestos, tasas de interés y tipos de cambio constituyeron “un coctel explosivo” para su rentabilidad. El “automatismo” del mercado que consideró necesario esos reacomodamientos de precios, en realidad incrementó astronómicamente los costos de producción e incorporó incertidumbre a la dinámica del sector productivo. En ese contexto, la industria colapsó. El mecanismo innovador / inversor prácticamente se paralizó debido a la confusión y la débil cultura política de un gobierno que, paradójicamente, profesaba la “no política”. Las familias se endeudaron, convalidando riesgosas configuraciones contractuales para los tiempos de inflación (adquisiciones de viviendas, por ejemplo) que, luego, amenazaron su bienestar económico. Habían confiado ciegamente en que la inflación bajaría desde el 40% anual registrado en 2016 hasta el 5% estimado para 2019 (como lo proyectaba el programa de metas de inflación del Banco Central) y que sus salarios aumentarían ininterrumpido en términos reales. La experiencia indica que nunca se comprendió que “no se puede entender la economía sin el conocimiento de la historia //… // es crucial preguntarse qué es lo que determinan los precios de los bienes y servicios y cómo se distribuyen los beneficios (Galbraith, 1987)”.

La economía argentina se encuentra fracturada por el efecto conjunto de la estanflación y el endeudamiento

La ausencia de resultados en materia económica impulsó el recambio político. La combinación de libre flotación cambiaria y apertura económica, los artilugios típicos utilizados en la Argentina para generar sensación de libertad económica (aunque no lo pudieran hacer, las familias podrían comprar todos los dólares que quisiesen), provocó pérdidas de divisas, depreciaciones de la moneda, aceleraciones de la inflación, las tasas de interés, endeudamiento y la mencionada desarticulación productiva. Al apelarse al misticismo del mercado (y trabajarse psicológicamente sobre el idilio de la “clase media aspiracional” y conservadora), se combatió al “monstruo populista” y habilitó al proceso de ajuste “automático” asociado a la idea normativa del “deber ser”. La estanflación generó pobreza porque, como ya es sabido, “la generosidad del capitalismo tiene un gran inconveniente: no produce automáticamente lo que la gente necesita sino lo que cree que necesita y puede pagar”. Según este ideario económico, todo sería “automático” y merecido. El uso de recursos estatales (“medida populista”) no sólo no estaba prevista para impulsar la movilidad social (vía educación), sino tampoco para alimentar (pese a que después se lo hiciera)).

Actualmente, la economía argentina se encuentra fracturada por el efecto conjunto de los procesos de estanflación (inflación con recesión) y endeudamiento, provocado, sistemáticamente, por el set de políticas económicas aprobado e implementado durante el período vigente entre fines de 2015 y 2019 (de eso ya no se duda). El esquema diseñado para reparar daños (negociaciones con los acreedores, entre otros), exige estar atentos a los riesgos que demorarían el regreso al sendero de crecimiento. Algunas mejoras se observaron en enero, todo aún todo es sumamente incipiente. Sin embargo, ya se publican listas de reclamos. Entre quienes exhortan que la economía crezca de modo vertiginoso en lo inmediato (porque supuestamente es una promesa de campaña), se encuentran los que estudian la coyuntura local asesorando en Washington, Nueva York y Europa. Liberados de responsabilidades e identificados con la gestión anterior (y otras similares del pasado), aseguran el inminente “aterrizaje forzoso” (crisis) y juzgan con desdén las negociaciones. En realidad, sus posiciones lucen desacreditadas cuando se recuerda que diagnosticaron cataclismos que no sucedieron (antes de 2015), defendieron virtuosismos que no ocurrieron (entre 2016 y 2019), apañaron desmedidamente al inversor financiero descuidando necesidades internas y demonizaron a los gremios utilizando un lenguaje similar al empleado por el profesor austríaco Friedrich Hayek quien, firmemente, sostenía que “los sindicatos han llegado a ser el mayor obstáculo a la elevación del nivel de vida de la clase obrera //… //a ellos se debe fundamentalmente el desempleo”.

La ausencia de resultados en materia económica impulsó el recambio político en 2019

En esta coyuntura económica es imprescindible dialogar con los acreedores (con el directorio y los socios del FMI y los representantes del mercado voluntario de créditos) y plantear estrategias diferentes a las esbozadas por la gestión anterior. Eso está sucediendo, aunque todavía tanto no se perciba. Antes se entendía que las mejores opciones eran firmar donde se les indicara y pagar (como en el recordado “conflicto con los buitres” tramitado en el juzgado de Griesa, por ejemplo) e, incluso, pedir perdón si fuera necesario (visto ante inversores españoles). Actualmente, parecerían estar emergiendo propuestas asociadas instaurar marcos de reflexión sobre los acuerdos celebrados entre 2016 y 2018. Semanas atrás, Joseph Stiglitz aseguró que “los mercados de capitales no hicieron su trabajo. La función del mercado de deuda es fijar el precio del riesgo y emitir juicios. No deberían haber prestado tanto dinero. Mi crítica es a los mercados de capitales que no hicieron préstamos prudentes”. A fines de 2019, las actuales autoridades habían rechazado el último desembolso (de USD 11.000 millones) del stand by acordado con el FMI (por un total de USD 57.000 millones).

Por ahora es imposible vaticinar escenarios con grados importantes de certeza. No obstante, nada impide indicar que, de prosperar estos consensos entre las partes, podría estar reconociéndose que, primero, la economía debe volver a crecer para evitar más daños institucionales y deterioros en las actividades del sector privado (familias y empresas). Un sostenido aumento del Producto y del ingreso agregado, impediría agrietamientos en el bienestar social e impulsaría la generación de recursos financieros necesarios para afrontar los próximos vencimientos. Si todo se volviera más accidentado y se debieran abandonar estas estrategias, no sólo la Argentina sufriría las consecuencias sino, también, los acreedores que en estos años aumentaron su exposición financiera en el país (entre ellos, el mismísimo FMI). Observando las manifestaciones de los líderes globales, la lógica revisionista parecería tener cierto respaldo. La directora gerente del FMI afirmó sonriente que, hoy por hoy, el organismo ya no es el mismo de antes.

El autor es es Economista y Profesor de la UBA (@gperilli)

Source: INFOBAE

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